Tengo dos noticias; una mala y una buena

Así nos atendieron en un Loungue bar recientemente abierto en el Grao de Castellón.
La mala noticia es que no os podéis sentar en estos sillones y la buena que ya estoy aquí para serviros.
Los sillones son para más de cuatro personas. Vosotros os tenéis que sentar en las sillas. Es la política del local. El encargado me ha pedido que os cambie de sitio...
Algo así fue como nos atendió una joven en dicho local, después de esperar unos minutos a que alguien nos tomara pedido.
Parece absurdo que unos días después le siga dando vueltas a lo que posiblemente para muchos, no pase de mera anécdota. Pero es que aquí concurren varios matices que convierten al hecho banal en representante de algunos males de esta podrida sociedad actual.
Veamos; ¿No habíamos alcanzado una especie de derechos adquiridos, en los que todos íbamos ya por fin a ser tratados por igual? ¿Es que por ser pareja y no trío, cuarteto u otras aberraciones sexuales, tenemos menos oportunidades en la vida de ser tratados justamente? ¿es que no llegamos nosotros dos antes que el supuesto grupo de cuatro, seis u ocho personas, que para colmo jamás se presentó? ¿Es que acaso la filosofía del loungue no es la de proporcionar un espacio donde desarrollar un estilo de vida mucho más sosegado, relajado, moderno, igualitario, equitativo, positivo...? ¿Es tan difícil que si simplemente quieren ganar dinero -cosa por otra parte fácilmente comprensible-, hagan las cosas bien?. ¿Tan complicado es poner sobre las mesas rodeadas de sillones un simple rótulo que diga "Reservado para grupos", de forma que la pobre camarera no tenga más que señalarlo y así librarse de enfrentarse a tipos como yo, o de tener que explicar el absurdo mecanismo del juego que se ha inventado el dueño del local?
La opción de negocio que eligen los dueños de dicho local, que invierten en un espacio de ocio en el que procuran rodear al cliente de comodidades proporcionadas por un diseño de líneas puras, sencillas y actuales, tonos cálidos, vistas privilegiadas hacia el puerto de Castellón, música relajada y envolvente y... es muy lícita y dentro de las posibilidades de un mercado saturado como el del ocio, bastante predecible, en cuanto a que es el primer local que bajo la bandera/moda/oportunidad de diferenciación del loungue se establece en la zona.
Pero los dueños solo piensan en ganar dinero y para ello estiman que los sillones deben estar ocupados por más de cuatro personas, nunca dos. Y las parejas que se sienten en sillas, apartadas de los mejores lugares del local. Perfecto. Pero que avisen antes de que nos traten como mercancía que tiene que ser ubicada adecuadamente para que zarpe el barco.
Si yo se donde me puedo o no sentar, aceptaré o no las normas del juego que me propone el dueño. Me quedaré donde el diga o me iré, pero lo haré antes de ser amonestado por un empleado del local.
Por suerte para mi y casi para darme la razón, llegaron en aquel momento tres personas al local. Se sentaron en sillones, apareció la camarera (a la que yo había manifestado momentos antes mi disconformidad) para advertirles que no, que ahí no podían sentarse, que eran menos de cuatro y que por lo tanto debían ser buenos chicos, levantarse de los sillones y sentarse en sillas, alejados de las mejores vistas y faltos de la promesa de comodidad que dichos sillones prometían al entrar en el local.
El resultado fue que se levantaron y marcharon del local. Nuestra actitud frente al mismo desaire debió ser la misma, pero finalmente decidimos quedarnos, no por falta de carácter o determinación sino porque acabé comprendiendo que las dificultades de rentabilizar un negocio como aquel, de conseguir que el espíritu loungue -si eso existe- triunfe, se debe más a la ignorancia del dueño del local, al poco respeto que demuestra con sus clientes, de los que solo aspira a sacar beneficios a partir de una idea de moda y no del convencimiento propio por la asunción de un estilo de vida, de una forma diferente de hacer las cosas, de una filosofía loungue -repito, si eso existe-, de crear empatía con nosotros, que somos los que volveremos o descartaremos el local en función del trato recibido la primera vez o la impresión que del mismo recibamos.
Y claro, a mayor gloria de mis suposiciones; durante el rato que estuvimos allí, ningún grupo ocupó el pobre sillón de la discordia, sillón que, avergonzado de sus dueños, esperaba, abatido, junto al balcón con vistas al mar, la llegada de nalgas en grupo.

¿Tan dificil es hacer simplemente las cosas bien?
Por ahí fuera deben haber antropólogos que estudian la autoregulación de las conductas humanas.
Seguro que si nosotros dos hubiéramos permanecido sentados en el dichoso sillón y en aquel momento apareciera un grupo, este se hubiera sentado en los otros dos que, libres y rodeando la mesa, formaban el espacio en discordia. Cada grupo se hubiera entregado a sus asuntos y aquí paz y después gloria.

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