Penélope, variaciones sobre un mismo tema.


Estuve este fin de semana en Barcelona.
Fuimos en tren para evitar atascos y complicaciones innecesarias. A la vuelta, durante una de las paradas en cualquiera de las estaciones del trayecto, contemplé una escena, que no por mil veces repetida -que se lo pregunten a Penélope-, deja de ser interesante.
Yo estaba mirando por la ventanilla, aburrido, desde el interión del tren y vi a una mujer, plantada frente a mí, en el exterior de la estación, con lágrimas en el rostro y despidiendose de alguien. La escena era emotiva y aunque no tenía a mano mi cámara, recordé que mi móvil hace fotos así que, reconozciendo que nadie me invitó a participar en despedida tan privada, quiise plasmar la escena con el mayor de los respetos -que suele ser poco cuando alguien se inmiscuye, cámara en mano, interceptando vidas ajenas- plasmé el instante.
Más tarde, comprobando el resultado, me dí cuenta que además de capturar la escena añadí incoscientemente otro detalle a la foto que cambia totalmente el discurso, el tema, el motivo principal y todo lo que se me ocurra.
En el momento de parar en aquella estación, yo estaba leyendo un artículo del dominical en el que Andreu Buenafuente daba cuenta de las fotografías que les hace -bueno él no, uno de sus colaboradores, cuyo nombre no recuerdo ahora- a sus entrevistados. Casualmente la imagen reflejada en el cristal de la ventana del tren era una foto de Sara Montiel, lo que por fuerza cambia la historia de esta foto y añade un no se qué folclórico, farandulesco o vete tú a saber, que en el momento de tomar esa foto, no tenía.
En fin, que del respeto captando la intimidad del momento de aquella buena mujer (momento que posiblemente nunca hubiera subido al blog), paso a esto otro que ya no sé como definir.

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