Fragmentos

Se me ocurre la trama para una pequeña historia.
Es la siguiente; Son las siete de la mañana, y estamos en la plaza del pueblo, vemos como van llegando los tenderos y montando lo que un rato más tarde será el mercado -en mi pueblo era el de los martes y viernes-.
Nos adentramos paso a paso, despacio, entre el silencioso bullicio y oímos las pausadas conversaciones que mantienen las gentes del mercado. Son historias intrascendentes, conversaciones necesariamente entrecortadas tanto por el deambular de nuestros pasos a medida que avanzamos hacia el interior de la plaza como por la necesaria atención –o no tanta, puesto que ya lo han hecho mil veces antes, quizás por eso conversan- que requiere el ensamblaje de los hierros que forman los tenderetes. Su trabajo les obliga adividir la atención entre lo que cuentan y lo que hacen con sus manos.
Los mercaderes hablan de mil trivialidades; de sus problemas, inquietudes, ocupaciones, de la famosilla de turno que aparece en no se sabe qué programa de la TV... Hablan sin parar de trabajar, los zapatos deben quedar expuestos ordenadamente, las mejores piezas de fruta convienen quedar a la vista, escondiendo las otras debajo, los pantalones comprados a los chinos deben colgarse a la vista de los futuros compradores. Es necesario que todo quede montado antes de que lleguen los primeros clientes: mamá se pasará por aquí antes de marchar a la oficina, la vecina del barrio, que tampoco se pierde ninguna oferta, será la siguiente en llegar, el camionero acostumbrado a su manzana fresca vendrá después… Mi historia quiere recoger fragmentadamente las conversaciones de esos tenderos. Se ha cometido en el pueblo un crimen, un robo, una violación o un adulterio sonado, lo que sea, yo por lo menos lo desconozco aún, al fin y al cabo acabo de llegar al mercado. El caso es que nadie sabe tampoco con certeza lo que ha pasado, es lo que ocurre siempre, que la verdad solo es una pero está fragmentada en mil pedazos. Al unirlos no siempre vuelven a dar la misma verdad y eso ocurre porque no tenemos el manual que nos indica dónde va colocado cada uno de los fragmentos. Oiremos conversaciones fragmentadas, ya digo, todas relacionadas con el triste suceso ocurrido el fin de semana anterior. Cada uno tiene su teoría de lo acontecido. Nosotros no nos detendremos a escuchar ninguna conversación al completo, iremos oyendo lo que dicen a medida que nos paseamos por entre los puestos pero al final de la historia, uniendo todas las conversaciones escuchadas tendremos la solución de lo ocurrido. Otra cosa es que sepamos unir adecuadamente las piezas, las conversaciones.
Seguramente yo no soy capaz de desarrollar esto que cuento, principalmente porque no soy escritor. La gracia de la historia está en el hecho de que si hay veinte personas contando una historia de veinte maneras diferentes, ninguna de esas personas sabe con certeza lo que ha ocurrido realmente, sin embargo, sumando lo que cada una de ellas dice nos encontramos de frente con la historia real y completa de lo acontecido. Por ejemplo; una de ellas comentará que X es el culpable, seguro. Pero lo dirá sin convicción, simplemente porque de pequeño ya le caía mal, pero acertará. Aunque también habremos oido antes el nombre de otros posibles culpables, pero el caso es que uno de los tenderos se ha decantado, aunque sin convicción por uno en concreto, casualmente -o no tanto- el verdadero culpable. Otra persona dirá que se trata de un robo de por lo menos 100.000€ y un compañero, conociendo su tendencia a la exageración –solo hace falta comprobar los abultados precios que marcan los productos de su parada- le dirá que reste por lo menos 90.000€. Seguro que la cifra resultante será la correcta. Y lo será.
Y así con todo.
Como digo, al final, cuando consigamos salir del mercado, tendremos la historia completa, la solución del enigma (si lo hay), las claves correctas para montar esos fragmentos que hasta hace un momento estaban, uno a uno, esparcidos por toda la plaza, en posesión de los mercaderes.

En fin, un dia de estos me pongo y la acabo.

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