Bajando a las entrañas de la bestia


Ahab se las tuvo con Moby.
No es que su música no le gustara, porque supongo que como cualquier otro mortal, debió quedarse sin aire, aunque sólo fueran unos momentos, al oír por primera vez los cantos de ballena.
En mi caso todo es distinto y menos literario; esta mañana he accedido a lo más recóndito de las antiguas instalaciones, ya abandonadas, de una fábrica cercana a mí trabajo. La mugre, herrumbre, tierra y polvo amontonado por todas partes ha acabado casi venciéndome, como cuando Moby mutiló a su "querido" y necesario Ahab.
Aunque más bien lo que digo es al revés; es el capitán Ahab, y todos los Ahabs de este planeta, los que necesitan de una ballena, un alter ego, para justificarse ante la vida. Sin ella no son nadie.
Y son muchos.

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