Paradoja lingüistica

El viejo Flanagan Green abrió los ojos cuando la nube etílica que envolvía su maltrecho cerebro se disipó. Lentamente las cosas fueron dejando de rodar a su alrededor, volviendo a su sitio, estabilizándose y así, cuatro horas después de que el último de los primeros rayos de la mañana abandonaran el sol y cruzaran los ocho minutos que nos separa, el viejo micks estuvo preparado para sentarse de nuevo a la mesa, coger tembloroso la pluma y continuar de nuevo con su obra.
Sabía lo que quería contar, el punto de vista desde el que pretendía narrar toda una vida de pequeños fracasos, tenía nebulosamente claro que podía ser un éxito, como lo habían sido tres escasos de sus veintisiete libros anteriores y sin embargo, no conseguía hacer avanzar la historia. El triste cuartucho donde se había recluido, casi enterrado, como ese viejo elefante que en el fondo era, estaba repleto de hojas arrugadas, manchadas o destrozadas y a medio escribir. Se sabía anclado, más bien varado aún en la primera página desde aquel lejano día que decidió empezarla contando su propia vida. Quizá fue esa falta de suerte en el arranque la que le había conducido hasta su desesperación actual. El alcohol era pues, consecuencia de su imposibilidad por hacer avanzar la historia, y no al revés. Sin embargo cogió tembloroso la pluma, asustado, ya casi fracasado, sabedor a desgana de cual podía ser el destino de la inmaculada cuartilla que le aguardaba desafiante sobre la mesa, acercó la punta al ya casi seco frasco de Pelican y comenzó por enésima vez la primera página de sus memorias; presentía que esta vez iba a ser distinto, algo le decía que iba a poder llegar a la segunda página, después a la tercera y así, casi sin darse cuenta, esa misma noche se acostaría triunfador, más tarde dejaría el alcohol, como ya lo había hecho veintitantas veces antes y a no más tardar un mes tendría, por fin, las 400 páginas que esperaba escribir.
Comenzó:
El viejo Green abrió los ojos cuando la nube etílica que envolvía su maltrecho cerebro se disipó. Lentamente las cosas fueron dejando de rodar a su alrededor, volviendo a su sitio, estabilizándose y así, cuatro horas después de que el último de los primeros rayos de la mañana abandonaran el sol y cruzaran los ocho minutos que nos separa, el viejo micks estuvo preparado para sentarse de nuevo a la mesa, coger tembloroso la pluma y continuar de nuevo con su obra...

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