La marca


He modificado un poco la historia que subí ayer porque en ella fallaba un poco la localización. Creo que ahora está mejor.

Sobrepasado por los acontecimientos, Hermelindo Quintana decidió quitarse la vida. Pensó que a pesar de ser una solución brusca y aséptica, sus problemas quedarían definitivamente resueltos.
Como tantas otras veces en su vida, se equivocaba.
Plampalacios está abandonado desde lo de la presa, constituye pues un escondrijo ideal o por lo menos eso pensaba Hermelindo cuando decidió salir con lo puesto de Zaragoza y convertir aquellas ruinas heredadas veinte años atrás en morada temporal. Su idea inicial era dejar correr el tiempo a la sombra de los chopos y avellanos en los montes que tan bien conocía desde niño, esconderse al abrigo de las grandes piedras caídas y los oscuros y frondosos matorrales de la zona, beber de las frías aguas del Cinca, alimentarse de frutos secos, raíces, algún que otro conejo despistado y mientras tanto, esperar paciente a que lo suyo fuera olvidado, que pasara a la página 7 del Periódico de Aragón o por lo menos que dejara de ser titular de portada.
Sin embargo, nunca llegó a poner en marcha ese plan inicial. Su ánimo se vino abajo cuando descubrió casualmente la marca incrustada en la piedra dejada por manos anónimas sobre la mesa del salón, supo entonces que ya era demasiado tarde, que estaba irremediablemente perdido. El críptico mensaje iba dirigido exclusivamente a él y no por de sobras conocido, su descubrimiento resultó menos demoledor.
Sabía qué iban a hacerle si era atrapado por ese grupo de mercenarios asesinos, ciegos en la venganza, sordos ante los ruegos, crueles y expeditivos en los castigos. Debía actuar ya si quería morir sin dolor.
Bajó de tres en tres las escaleras y cruzó el rellano sin mediar palabra con Ahmed, el portero, con quién había compartido en el pasado más de un secreto de esos que a nadie más que a uno mismo importa. El pobre Ahmed ya tenía suficiente cruz -en este caso media luna-, soportando por un mísero sueldo las tonterías de Hermelindo Quintana y el resto de inquilinos, le hacía falta el dinero -a quién no-, así que de ser necesario lo hubiera aguantado una vez más, pero no fue el caso. El portero respiró aliviado y continuó con lo suyo, más tarde diría al agente que lo entrevistó que Hermenegildo, Hermelindo o como quiera que se llamara el fulano ese del cuarto B, no habló con él.
Ya en la calle y como si se tratara de un autómata en modo automático, una gallina sin cabeza o un enfermo terminal, se encaminó hasta el cercano puente que no es el más alto de cuantos cruzan el Ebro pero sí tiene un grupo de peñascos y salientes en la base que lo ha convertido en el favorito de esos locos que se acercan las madrugadas de los sábados para lo del puenting. Quintana iba a saltar sin cuerda. Doble mortal con tirabuzón invertido.
Un salto de diez puntos y de salvarse, unos cuantos más en la cabeza.
Favorecido por las sombras de la tarde y arrimado a las paredes llegó Hermelindo al puente sin que él creyera haber sido visto por nadie. Avanzó unos cien metros hasta alcanzar la parte central, se asomó al borde para comprobar el nivel de las aguas que bajan camino al Delta y ya de paso si continuaban en su sitio los peñascos que como tiburones con la boca abierta, aguardaban el salto de Hermelindo para poner punto final a su azarosa vida.
Alzó una pierna sobre la baranda, y dándose un tembloroso impulso se subió a ella. Distraído, alargó una mano hacia la farola central para mantener el equilibrio y mientras hacía aquello trataba de hacerse una composición de lugar.
Según había leído no sabía donde, en momentos como aquel los recuerdos acumulados durante la vida pasan rápidos por la mente, sin embargo Hermelindo estaba en blanco y seguía actuando un poco como si fuera un muñeco movido con hilos ajenos a su voluntad. Cierto que por propia voluntad había decidido que poner fin a su vida, que esta era la mejor alternativa posible para resolver su situación, pero tampoco había sido capaz de confrontar esa vía de escape con alguna otra distinta que no pasara precisamente por encontrarse dentro de unos minutos con el Hacedor.
—Perdón, ¿Va usted a saltar primero o desea aguardar su turno?, es que yo estaba antes
...

Cegado por los acontecimientos recientes, Hermelindo Quintana decidió quitarse la vida. Pensó que aquella era una solución sencilla, un tanto aséptica y brusca, cierto, pero definitiva. Como tantas otras veces en su vida, se equivocaba.
Plampalacios está abandonado desde lo de la presa, constituye pues un escondrijo ideal o por lo menos eso pensaba Hermelindo cuando decidió convertir aquellas ruinas heredadas veinte años atrás en morada temporal. Su idea inicial era dejar correr el tiempo a la sombra de los chopos y avellanos en los montes que tan bien conocía desde niño, esconderse al abrigo de las grandes piedras caidas y los oscuros y frondosos matorrales de la zona, beber de las frías aguas del Cinca, alimentarse de frutos secos, raíces, algún que otro conejo despistado y mientras tanto, esperar paciente a que lo suyo fuera olvidado, que pasara a la página 7 del diario del Altoaragón o por lo menos que dejara de ser titular de portada.
Sin embargo, al descubrir casualmente la escueta marca sobre la piedra, supo que ya era demasiado tarde, que estaba irremediablemente perdido. El críptico mensaje iba dirigido exclusivamente a él y no por de sobras conocido, su descubrimiento resultó menos demoledor.
Sabía lo que le iban a hacer cuando le atraparan, ellos eran así; ciegos en la venganza, sordos ante los ruegos, mudos en las advertencias, crueles y definitivos en los castigos.
Bajó de tres en tres las escaleras y cruzó el rellano sin mediar palabra con Ahmed, el portero, con quién había compartido en el pasado más de un secreto de esos que a nadie más que a uno mismo importa. El pobre Ahmed ya tenía suficiente cruz -en este caso media luna-, soportando por un mísero sueldo las tonterías de Hermelindo y el resto de inquilinos, le hacía falta el dinero -a quién no-, así que de ser necesario lo hubiera aguantado una vez más, pero no fue el caso. El portero respiró aliviado y continuó con lo suyo, más tarde diría al agente que lo entrevistó que Hermenegildo, Hermelindo o como quiera que se llamara el fulano ese del cuarto B, no habló con él.
Ya en la calle y como si se tratara de un autómata en modo automático, una gallina sin cabeza o un enfermo terminal, se encaminó hasta el cercano puente que no es el más alto de cuantos cruzan el cinca pero sí tiene un grupo de peñascos y salientes en la base que lo ha convertido en el favorito de esos locos de la capital que vienen los sábados a lo del puenting. Quintana iba a saltar sin cuerda cuerda, doble mortal con tirabuzón invertido. Un salto de diez puntos, unos cuantos más en la cabeza, de salvarse.

…¿Continuará?


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