Cuento de las botas rojas


Mami le regaló al cerdito Gordi unas fantásticas botas de color rojo.

 —¡Por fin! exclamó el pequeño cerdito quién, exultante de alegría porque se había pasado todo el invierno deseando unas botas rojas como las de su amigo el gallo Kiriki (que más bien eran amarillas), se las puso como pudo, esto es al revés, y salió corriendo a la calle en busca del charco más grande del mundo que pudiera encontrar.

Pero en la calle no habían charcos porque un sol de justicia, digno del mejor mediodía en Acapulco, saludó a Gordi y este, al ver que su deseo iba a tener que aguardar mejor ocasión, se puso a llorar, algo que se le daba muy bien.

Sus ojos se abrieron como las aguas del río aquel y de ellos manaron cientos, que digo cientos, cieeeeentos de gotas de lágrimas.

Tanto lloró que a su alrededor empezó a humedecerse la tierra, los huecos de entre las piedras empezaron a llenarse de lagrimas derramadas y en un santiamen, Gordi había dejado de llorar porque por fin podía saltar sobre el charco que su diluviante lloro había provocado.

Fin.



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