La niebla





El tren de la segunda foto casi me hizo salir volando.
No me rozó pero su estela levantó vientos huracanados de componente norte que me hicieron zozobrar.
Yo estaba demasiado cerca, pero la foto (horrorosa, por cierto) era más importante.
Y ahora la reflexión; si ese tren me mata, mi familia hubiera pensado que yo me había suicidado, porque ¿Qué carámbanos hacía yo ahí si no es para lograr ese objetivo último?
Pues bien, retrocedo unos minutos antes de esa foto y me encontráis ahora conduciendo el coche hacia el trabajo y rodeado de niebla por todas partes. La niebla no es habitual por estos lares, no vivo en Londres siglo XIX, y el fenómeno altera bastante el paisaje habitual.
En este mismo blog hay más fotos de ese punto concreto de las vías del tren. El motivo de su presencia habitual aquí es que desde la carretera veo todos los días, allí lejos, debajo del puente las plantas que crecen al margen de las vías. No sé como se llaman esas plantas -soy un botánico analfabeto- pero me gusta verlas; las descubrí en los cuadros pintados por mi tío Juan, en las pelis de Sergio Leone y en mis paseos con Bilbo por el cauce seco (o casi) del río Mijares. Así pues, aprovechando que la niebla me iba a permitir plasmar ese paisaje aportando características nuevas, me desvié del camino, aparqué al borde de un aprisco y echando mano de la cámara del móvil -no llevaba encima otra y soy de los que están de acuerdo con que la mejor cámara del mundo es la que justo en ese preciso instante llevas encima- subí el montículo de piedras y empecé con la sesión fotográfica.
Que un tren pasara en ese preciso instante y yo lo fotografiara no entraba en mis cálculos, pero tampoco era una idea descartable y en fin, así fue como se convirtió en protagonista de esta entrada, incorporándose de refilón a la sesión fotográfica, levantando viento a mi alrededor cuando pasó junto a mí a poco más de un metro de distancia.
Pensando un poco en esto soy ahora consciente de lo fácil que es dejar de estar en este mundo por una soberana tontería. También de lo sencillo que es juzgar las acciones de los demás sin "necesidad" de conocer todos los hechos tal como ocurrieron. Por ejemplo, a veces lees en el periódico que ese loco se estampó a 180 km y dices ¡Qué loco!, sin saber que los frenos se le habían roto y la carretera iba de bajada.
Pues lo mismo con lo mío, la niebla, el tren y mi genuino despiste; un descuido fatal que me hubiera "suicidado".

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