El Rey, ¿por qué te callas?






Con la que está cayendo, es un consuelo comprobar que hasta nuestro amadísimo primer español, nos anima, desde su humilde cobijo, a alzar la voz y clamar, aunque solo sea a los cuatro vientos que campan en el cielo estrellado de las noches de septiembre, un tenue lamento de congoja.

No alcemos mucho más la voz, no vaya a ser que alguien nos escuche.

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